¿Dónde está la Línea?

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Las playas de Venice estaban cargadas de electricidad. La gente se agrupaba por todas partes; emocionadas, nerviosas, expectantes. Eran las seis en esta mañana de otoño. Los niveles de ansiedad, del tipo saludable, se levantaban junto con el sol. Hacía frío, sí, pero solamente el clima. La gente era cálida, amable y estaba muy alerta. Estaba nublado, sí, pero solamente el aire. La gente estaba sonreía con un sentido claro de propósito y dirección. Por lo menos eso fue lo que me pareció a mí acerca de los demás. En cuanto a mí, la historia de ese día fue diferente.

El Arranque
Había entrenado por varios meses antes de este evento. Era mi primera participación en un triatlón olímpico.[1] Estaba lleno de dudas: ¿Qué tal si me ahogo? ¿Sobreviviré? ¿Me atacará un tiburón? ¿Se me irá más tiempo tratando de hacer las transiciones que en la carrera misma? ¿Podré montar en bicicleta a pesar de estar exhausto? ¿Me quedarán piernas para correr hasta la meta? ¿Será que entrené lo suficiente? Probablemente como el resto de los que estábamos allí, me sentía sobrecogido por las voces en mi cabeza, y que conste que no soy esquizofrénico. Estas voces eran reales y pronto encontraría algunas respuestas.

Nos formamos en el punto de partida y brincamos al agua helada al primer sonido de la bocina. Los atletas nos apresuramos al mar con frenesí. Cada cual tratando de avanzar al frente de su grupo de nadadores. De repente, me sentí el blanco fácil de codazos, patadas, empujones, apretones, y jalones. Era como si cada persona quisiese ocupar el mismísimo espacio de agua donde yo estaba. Cuando finalmente me las arreglé para llegar a la primera boya, hice una pausa para ver hacia dónde debería continuar y caí en cuenta: “¿Dónde está la línea? No había línea en el fondo del océano. Tampoco había línea en su superficie.” Yo había entrenado solamente en la piscina y nada me había preparado para esto. En ese momento me sentí perdido. De hecho, estaba perdido.



El Recorrido
El oleaje me levantaba a lo alto y me hundía al fondo. Las corrientes submarinas me llevaban en muchas direcciones hacia las cuales no tenía intenciones de ir. La niebla y mis gafas oscuras me hacían ver borroso y escondían los marcadores de la ruta. Muchos nadadores, muchos de ellos; dije… muchos nadadores pasaban por mi lado y me distraían de mi objetivo; seguí a algunos de ellos pensando que me ayudarían a orientarme, pero hasta resultaron haciéndome nadar en dirección opuesta. Las algas me llenaban de terror al primer roce en las aguas turbias. Allí había salvavidas en tablas de surf. Pensé para mis adentros, “Están aquí para ayudar, así que si los sigo, seguramente podré avanzar.” Y así lo hice. Los seguí zigzagueando por las aguas, añadiendo por supuesto más distancia que la necesaria a la ruta. Después de una hora eternal en el océano, estaba agotado, adolorido, y lejos de acabar de nadar.

El Final
Me repetí a mi mismo, “Yo no me doy por vencido… Yo no me doy por vencido.” Esta fue la frase que me ayudó a seguir adelante. Tomé valor. Me obligué a mí mismo a seguir, casi sin respiración, exhausto, hambriento, con un último aliento de fuerza. Al voltear la última boya, hice otra pausa para avistar la orilla, y me uní a cientos de nadadores batallando con la resaca para poder salir. El efecto visual era el de sardinas en tierra, pero en este caso, quienes estábamos fuera de ambiente éramos nosotros. Cuando finalmente llegué a la playa no podía ni siquiera caminar, estaba mareado y desorientado. Entonces me di cuenta: “No entrené lo suficiente.” No había aprendido la técnica correcta para nadar en el mar. No había practicado el recuperarme activamente mientras nadaba. Y sobre todo, no sabía seguir una línea recta imaginaria.

En nuestra carrera de la fe vamos a enfrentar muchas distracciones:
  • Gente tratando de sacar ventaja de nosotros
  • Otros guiándonos incorrectamente, ya sea con buenas o con malas intenciones
  • Salvadores autodenominados que nos desvían del camino
  • Visión borrosa o falta de visión
  • Falta de preparación o de técnica
  • Olas de problemas y de dificultades
  • Cansancio, temores, y dolor
En medio de estas dificultades, ¿cómo encontrar dirección cuando la marea está alta? ¿Cómo tener una visión nítida? Si nos enfocamos en las distracciones, arriesgamos nuestro bienestar. Nuestra salud espiritual, relacional, mental, y hasta física se puede ver en peligro. Corremos un mayor riesgo de abandonarlo todo. Estoy seguro que el rey David no fue triatleta, pero ciertamente me identifico con sus sentimientos cuando escribió (Salmo 69:1-2 NVI):

Sálvame, Dios mío, que las aguas ya me llegan al cuello.
Me estoy hundiendo en una ciénaga profunda,
y no tengo dónde apoyar el pie.
Estoy en medio de profundas aguas, y me arrastra la corriente.

Como David, necesitamos fijar nuestra Mirada en Dios y clamar a Él. Él es el único poderoso para salvar; el único con gracia para guiar; el único que nos abrirá el camino a la victoria. En cuanto a dirigirse cuando nadamos en el océano, aprendí a la brava que necesitamos levantar nuestra mirada y seguir una marca en una colina. Pero recordemos que Dios está más allá de las colinas (Salmo 121:1-2a LBLA):

Levantaré mis ojos a los montes;
¿de dónde vendrá mi socorro?
Mi socorro viene del SEÑOR.

La próxima vez que usted se encuentre en una situación para la cual no encuentre dirección o se sienta desamparado, clame a Dios. Le aseguro que se va a sorprender.



NOTAS:
[1] El triatlón olímpico consiste en nadar 1.5 Km (0.93 Miles), montar en bicicleta 40 Km (24.85 Miles), y correr 10 Km (6.21 Miles). Estas son las distancias oficiales usadas en las olimpíadas, de allí su nombre.

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